Calendario fm|al 2020 

 

Will Eisner | marzo, sus viñetas

La novela gráfica, ese tebeo con el que ahora nos deslumbramos y que nos sustrae del hastío con tan pocos medios (no es una ópera ni una película: no requiere más producción que un lápiz y una imprenta) tuvo al menos un lugar de nacimiento. El que da título a esta entrada del Calendario, la avenida ficticia de un barrio muy real y conocidísimo (el Bronx de Nueva York) cuyos claroscuros son el primer vecindario de las viñetas noveladas.

Todo aquí nace y muere. Se alimenta y se envenena la elipsis hasta hacer del surgimiento primero –como semilla holandesa– del barrio un organismo que se regenera o se gangrena, en función del viento de los años y las hojas de los seres que con ellos vienen y van. Hay, según lo que sople, etnias cercenadas o llevadas al delirio de la riqueza. Mujeres y hombres que se deslizan como sombras por las calles provocando la sonrisa y a la vez el hachazo a lo que sea que sentimos debajo de la piel.

Por vez primera en la historia de la creación, un tebeo huele a vida. Lo que fue en sus inicios casi un icono de nuestro palpitar, hecho a base de un hato de trazos, de meras líneas, empezó a respirar y a convertirse también –otra vez, como en las novelas—en ese lóbrego mamífero que se peina, que procede suavemente del trabajo y repercute jefe, ese que acaba sonando subordinado al tiempo, a sus heridas y a la muerte (Ah, ¿pero en los tebeos también se muere? fue el pensamiento de un joven de poco más de quince años cuando leyó el tomito que coloco más abajo).

Y el responsable de todo ello fue Will Eisner.

 

 

Will Eisner nació un día como hoy de hace 103 años.
Si Norma Editorial, el hada madrina de todo buen amante de la novela gráfica, ha tenido el acierto de reeditar esta obra maestra, recomendada en general a todo amante de la narrativa –así, así se cuenta, como Eisner aquí— la lectura y visualización de la trilogía Contrato con DiosAnsia de vivirLa Avenida Dropsie es la mejor manera de introducirse en el cómic moderno, y de paso de empaparse de unos doscientos años de historia norteamericana. No es plato fácil de digerir. Se agradece incluso que la novedad del lenguaje visual suavice los contornos de una realidad bruta, implacable, excesiva siempre. Pero el zarpazo dejará paso a una herida que hace pensar más que un ciento de tratados de economía o de sociedad. ¿Lo más parecido que hemos conocido acá es este Valle-Inclán? Pudiera ser.