Otra mirada | cuatrocientos y pico años

Ahora que vamos despacio (todavía), os voy a confiar una aventurilla literaria que me ha apartado este verano, por momentos felices, de mi síndrome de guerras y genocidios. Inspirado (creo yo) por un espíritu cervantino y por la hermosa criatura de letras que es Moll Flanders, me he lanzado a un pseudohijuelo quijotesco (un spin-off diría el telepedante de ahora mismo) que trata sobre la Maritornes y su mundo. También es un intento, por qué no, de mirar al siglo diecisiete con los ojos del veintiuno. Pero no voy a endilgaros (todavía) el medio centenar de páginas no pulidas que llevo. Todo arranca de algo que también empecé hará unos años, un intento de glosas mediante contemas (Quijemas lo llamé) de El Quijote. Os pongo aquí abajo un capitulillo de esto. Precisamente el que origina mi intento de ahora.

III [nocturno festivo]

Los de la venta quieren seguir la fiesta junto a un pozo, y que el hidalgo vele allí sus armas de cartón y de alambre mientras todos lo observan.

Es una noche lenta, de luna láctea y firme sobre el ojo del pozo. De vez en cuando, desvergonzados, los muleros de la mercadería tiran peñascos o baratijas que resuenan en el fondo; y el hidalgo se encrespa, regresando de sus fantasías para enhebrar la lanza entre los espacios amenazantes de la oscuridad cernida de sonrisas que lo acecha.

Es hora de acabar la fiesta: los venteros disponen una ceremonia falaz, para no indisponer ni al loco ni a la cordura de los mercaderes. Se reza junto al pozo, se comban las rodillas y se vierten los pechos cargados de razón. El hidalgo, cruzado por la espada, se calza caballero, nublado el corazón de sus nobles deseos para todos.

Amigo de los motes más gentiles, bautiza a las venteras como damas, mientras la luna derrama una costra de afán, un suero de mentira sobre cabezas risueñas, hechas al trato y a la simiente del engaño.

El caballero sale de la venta. Al fondo, separadas por leguas de silencio, se apagan gastadas las luces de su hacienda. Fue la primera noche de su ausencia.

Ahora la luna solo es un recuerdo, abotonada a lienzos de una trama sucia.

Amanecía.