Cartas desde América, 2 | Herman Melville

Segunda de las cartas americanas que se publican un viernes sí y otro también en Masticadores-EEUU . En esta ocasión dedicada a Herman Melville, ya frecuentado por fm|al.

Señor Melville, lo mejor para domar a la ballena es que se embarque. Y pronto. Deberá vagar once días con sus once noches en la Oficina Central de Correos. Allí no desespere, pero tampoco dé pábulo a la euforia. Será, en su tristeza, un empleado más, sin otro cometido que la lectura de cartas de suicidas. Lo llamarán Bartleby. Lo más razonable es que se niegue a todo. La inacción le salvará. Una noche, su jefe, en un cabriolé tirado por dos caballos negros, lo dejará en la plaza más oscura de la ciudad. Debe detener su mirada en el centelleo de cada farola (son pocas, no le costará), porque le será revelado así un código con el nombre del patrón de su barco.

Al mes de frecuentar la plaza, cuando ya los naturales del lugar le confundan con un mendigo, alguien gritará delante de usted el nombre del patrón. Siga a ese hombre que a tal grito responde, aunque ascienda por calles en pendiente,  aunque se suma en las alcantarillas. Nuevamente: no desespere. El patrón es un hombre raro, puede pasar noches enteras durmiendo a la luz de la luna en un oasis de cactus o amanecer en un dispensario que ha convertido previamente en cantina. Abrácelo en el momento justo, ni un segundo antes ni uno después, y será usted uno de sus hombres.

Cuando llegue al velero –sí, es aún un velero, no el ballenero que usted busca– permanezca en silencio y no se una a cualquiera de los dos bandos de la tripulación que quieren hacer de usted un dios. Le llamarán Billy Budd o Babo, es indiferente. Rece diariamente a cualquier inclinación del paisaje sobre la borda y sus oraciones serán respondidas con el respeto de los dos bandos. Podrá dormir tranquilo al pie de la mesana y almorzar pescado crudo en la proximidad de los icebergs. Siga sin desesperar cuando el tifón lo arrase todo. Agárrese al peine de las algas que intente amordazarlo mientras sus camaradas desfilan con los ojos abiertos ante usted.

No piense que la isla es el final. Concéntrese en saber el nombre de las cosas, las escasas que ve en el horizonte y en el mínimo perímetro que lo cerca y, sobre todo, las que no ve. Formas extrañas, que le confiarán el modo de domar a la ballena. Escriba. Puede escribir si ello le ayuda a concentrarse. Sueñe que ha penetrado la pared de grasa y duerme entre sus fauces. Tiene que concentrarse en la respiración del cetáceo, en la negra y húmeda noche donde los restos de las vísceras de otras presas y la sangre transcurren bajo su cama o la mesa donde escribe. En la mañana en la que despierte de ese sueño, los arponeros y Ahab ya le serán vecinos. Siga sin desesperar, por un segundo. Levántese. La ballena ya está domada. La ballena es la isla. Pero la isla es también la ballena, y ahora usted, erguido encima del lomo resbaloso, es el dios de todo ese vapor. Todo es historia ya y usted es algo más que todo, es cada gota menuda de ese chorro. No piense en ello.

Ya puede abrir los ojos.

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