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“Naturaleza muerta” | La carne de burro no es transparente, 2007

                                                                        Still life!

 

Ah Naturaleza, reina perversa cuyo secreto dormita entre nosotros, por alejados que estemos de la vida que late en la plantita humilde. En tus pueblos, tan olvidados y moscosos como este de mi ociosa vejez, a veces suenan los teléfonos. No con la vehemencia casi sinfónica, orquestal, de nuestras ciudades, más bien con ese zumbido difuso que precede a todo picotazo, en medio de una siesta generosa.

Qué hay Monsieur, sigue usted frecuentando ese paraje, sigue dándose sus paseitos por ahí. Naturalmente, Mademoiselle, yo sigo siendo el mismo. Naturalmente. Entonces quisiera yo acompañarle en su próxima vueltecita, si no es inconveniente. Naturalmente. Será un auténtico placer su compañía.

Quedamos a las cuatro, en un café desierto. Las primeras preguntas se consagran –esta es la palabra– a mi salud, tan quebrantada. No tarda en aflorar el verdadero tema: su tesis. La introducción me parece esta vez decididamente brusca y vulgar. Pido la cuenta. Ella paga.

Siguen unos pocos –¡muy pocos!– minutos de silencio, una suerte de repaso mental de las notas, supongo. Después, entre los primeros matojos, el inevitable éxtasis. Luego, la primera andanada.

Qué significa la muerte en su obra.

Yo no sé qué respondo, pero toda la conversación transcurre, a partir de entonces, del modo más cortés, más exquisito. Es un fluir, interrumpido solo –y muy graciosamente– por el abejaruco o el cuclillo. En un momento, los diálogos y la maleza son más densos, y yo fijo la mirada en un punto del horizonte para no moverla jamás, a pesar de los más estúpidos requerimientos sobre tales o cuales rododendros.

El tiempo del verano, su paso polvoriento y mohoso, se convierte, mágicamente, en amenaza. Y mi salud agrietada en un bálsamo pastoso que se prodiga después de cada una de las insensateces, en un tono cada vez más dulce.

¿No hace demasiado calor?

Estará agotado, Monsieur.

Querrá descansar un ratito, sin duda.

Pero mi corazón acelerado –aunque bien maltrecho– no puede detenerse ya. Busca como en el horizonte su proyectada felicidad, aunque no duda en concederse una última vaharada de sosiego.

Pues bien, toda mi obra está atravesada por una idea de la muerte que tiende hacia… ¿Me sigue?

Quiero encontrar, como otras veces, unas palabras certeras, pero ahí está ese canto nuevamente, preludiando regiones más densas, terrenos menos firmes, minutos más oscuros. Y, como siempre, la indecisión de quien me acompaña. Y la valentía final, cuya causa aún no entiendo.

Los últimos segundos cada vez deparan menos sorpresas. Una voz que se pierde y no pregunta más, los postreros esfuerzos, hijos ya de una voluntad anegada. No obstante, en esta ocasión, en el gesto de la mano que golpea el aire incierto hay un ademán que diría algo frío. Casi una cortesía.

 

(c) félix molina, del texto (2007) y “Naturaleza perversa”, imagen, de Humberto (2016)
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