Una pesadilla | ¿Y también un contema?

Esta mínima pesadilla apareció publicada este verano en mi admirado blog Barcelona, de Juan Re Crivello. Pasado un tiempo os la coloco también por aquí, pensando en que puede convertirse en uno de los primeros contemas de la ¡cuarta serie! Que volváis bien de donde tengáis que volver (y que no os encontréis a vuestra vuelta con este hombre).

 

Este señor –la suya, aunque distorsionada por el dispositivo, era la voz de un varón– se aseguraba de que todos estuviéramos bien dormidos en torno al patio central, regado de plantitas dulces y olorosas. A eso de las 3 o las 4 de la madrugada, siempre. Primero surgía, como la ráfaga de un vendedor, una cantinela impersonal, indirecta.

Lo peor era luego, cuando se aguzaba el oído y entre la matraca estridente se encontraban datos significativos de todos los durmientes. A ver, cosas que a lo mejor uno olvida, sometido al saco de la muerte y su dosis diaria de existencia, pero que de repente este tío venía a recordar para el común, a las tantas, cuando todos y todas no pueden hacer más que escuchar.

¿Lo denunciamos? Por supuesto. A sabiendas de que eso implicaba operaciones como una escucha atenta también de la policía, de la autoridad, que grabó incluso –oficialmente, decía un agente con la que quería ser su voz más seria– todas las imprecaciones y los secretos designios del vecindario, con el lujo de detalles y la estridencia a la que este señor nos condenaba.

Los registros domiciliarios no se hicieron esperar. Casa por casa. Mueble por mueble. Se encontraron grabadoras –sin contenido acusante alguno–, reproductores casados con almacenes de memoria –sin la matraca denunciada–, racimos de altoparlantes que no daban la acústica requerida… En fin, para nuestra desesperación (que era como un mostrenco compartido que flotara en el patio, una lisergia cósmica con las dimensiones exactas de un dios faltón y comprometedor), algún juez dictaminó que solo podía ser un megáfono. Y que no aparecía.

Así que, cada madrugada, sí, siempre a eso de las 3 o las 4 de la madrugada, un nuevo y ya pronto viejo escalofrío seguía mezclándose, o más bien agitándose  –qué le vamos a hacer–, con nuestros sueños.

 

© félix molina, 2020