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Poe no ha muerto | Entrega nº 5, parte 1 de 3

Entre el reguero dejado por el bebedizo, Poe suspiró. Con la cabeza tumbada sobre los meandros del líquido encarnado, miraba la botella y el reflejo devolvía a un hombre encerrado en el vidrio que suspiraba, como esa suerte de genio sometido a la cárcel de una maldición.

Pensaba en la historia del bosque y del espíritu que por él vagaba. Una que se le había entrañado desde la adolescencia, mezclada con lecturas y deambulares. Trataba de un bosque que atravesaba las dos partes de la población de W., como si se interpusiera la maleza y la oscuridad entre cada uno de los valles que formaban la inicial. En sus alrededores se decía que un espíritu devora, en toda su carne y huesos, a quienes molesten la paz de los árboles con cualquier masticación, por sorda que sea.

F., un asiduo del bosque de W., algo más malévolo que dotado con astucia, se internaba casi a diario por los senderos copados de ramas con agujas y sombras oscilantes. Conocía el día y la noche de los árboles más viejos y el suave trepanar en la tierra hosca de los más jóvenes. Una vez, después de muchos años, en medio de su incredulidad jactanciosa, se le apareció el espíritu. Era una forma nebulosa, cuyo único punto concreto consistía en un rostro blanco como la masa de pan, y progresivamente estriado según iba arrojando palabras a su asaltado. Si ya era difícil de ver, aún más lo era de escuchar, pues su estridencia solía estragar al propio bosque, como subrayando la quietud interrumpida, violada con el masticar de los extraviados.

F., que acababa de terminarse un saquito de bayas para distraer el hambre, se vio envuelto en la tormenta de eso que simulaba monstruosamente ser la voz humana. Apenas tuvo tiempo para agarrarse a lo más rugoso de un tronco y –como si fuera el primer creyente en ese espíritu goloso— pedir que esa alma de horror y de blancura se apiadara de él.

El ser terrible lo concede. Y de inmediato los árboles más viejos del bosque le indican la salida más cercana, aquella que le lleva también a las nubes de la mañana, al claro de la vida, a su salvación.

 

 

 

Sinopsis para nuevos lectores de este folletín-pastiche:
Poe no ha muerto. El ingeniero London, un lector que tiene la manía de leerlo desde su juventud, da en salvarlo en sus últimos momentos, y lo oculta en un sótano de Baltimore, donde acuerda con él alimentarlo y proporcionarle una bebida que no volverá a matarlo, a cambio de sus relatos  (Cap. I). Como una Sherezade del Boston de mediados del XIX, Poe se entrega a ello, y van desfilando ante nosotros sus visiones: primero es la historia de un gato que se aparece a unos eternos moribundos (Cap. II ). Luego, nos enteramos del dispositivo de London para mantener con vida a Poe en el sótano (Cap. III ), y van surgiendo más historias, como la de una suerte de moneda asesina (Cap. IV). Este nuevo capítulo continúa la serie.

 

Nota del autor: debo el fotomontaje a una fotografía espectacular de mi hermana, Noelia Molina.

 

 

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