Diario de cabotaje. Una inmensa soledad | Rafael García Maldonado, 2020

Agradezco a este libro, y sobre todo a su autor, Rafael García Maldonado, las doscientas setenta alas que me proporcionó. Me llegó en un momento grave: acababan de confinarnos porque una mutación del virus SARS estaba causando la muerte en el Oriente y ya en media Europa. Al principio era una muerte pequeñita, y parece que selectiva. Con el tiempo fue el o la COVID-19. No me faltaban libros para leer, pero aquel de Rafael me pareció el más apropiado para el momento. No solo porque –para un hipocondríaco en horas bajas (o altas, según se mire)— estaba escrito por un profesional de la farmacia, sino porque estaba escrito desde la vida y desde la pasión por la escritura, que en su caso –como buen escritor que es– sospecho que es lo mismo. Era el libro ideal para despedirse de casi cuarenta años de lectura y (en mi imaginación febril) de este mundo…

Este Diario de cabotaje… fue mi mejor medicamento –no hace falta decir que yo siempre estuve muy enfermo, aunque no manifestara síntomas– por un buen número de semanas. Soy lector de diarios, de epistolarios también, desde mi primera juventud, básicamente porque no me bastaba con mi vida, al menos hasta que conocí a Ofelia. Quería otros ojos, otro cuerpo, otros pies que pisaran otros espacios y otros tiempos, reales o fingidos: Samuel Pepys, Defoe, Goldoni, Goethe, Keats, Byron, Leopardi, Amiel, Woolf, Wilde, Pessoa, Gide, Torga…

Encuentro entre este diario y esos muchas similitudes y alguna divergencia importante, que dejo para el final de la entrada. Valga decir que la comparación me parece oportuna, porque este texto está escrito (y además perfectamente) con toda la intención literaria del mundo –con su diario el diarista siempre nos engaña porque detrás hay algo que une y da sentido a todo y que solo él conoce–, y porque participa del mismo empeño de mis diaristas favoritos: escribir de todo sin dejar de escribir de uno mismo.

Particularmente con los diarios anglosajones lo emparento por la elegancia y el gusto por la reflexión. Por cierto: si hay alguien que ignore que el hombre y la mujer, a pesar de los millares de años de la especie, pueden aún reflexionar y llegar a conclusiones más o menos propias, le aconsejo este libro. Y me parece también disfrutar de una importante dosis –casi farmacéutica, se agradece mucho– de intimidad, lo que lo une al famoso Amiel, una suerte de astronauta de lo íntimo que en su época armó un gran revuelo con eso de referir sus minucias (aunque la vida del suizo era más bien aburridota…)

Pero donde amarraría yo con más gusto –no sé si él– este barco amenísimo de García Maldonado (el libro se lee en muy pocas singladuras) es al ejemplar diario de Miguel Torga, el fabulador portugués. Mirada amplia, sin miedo al qué-pensar y al qué-dirán-que-pienso, expresión contenida, que sugiere golpeando, pero sin ofender, como la piedra que se tira al agua y, claro, la acaba rompiendo con su irrupción, aunque luego todo el paisaje –el interior y el exterior– vuelva a relucir calmado. O si queréis, a otro gran diario de un autor que no mencioné antes y que aúna intimidad, confesión, pensamiento e intensidad: Unamuno.

© Rafael García Maldonado

 

Me parece, no lo sé, que revelar los hitos de un diario es, más o menos, destriparlo. No lo haré, salvo en el fragmento que cito al final, casi como ilustración. Me quedo con instantes mágicos, de lectura urgente, escritos en una tercera persona que difumina pero permite las aristas de la realidad: cada descubrimiento en las lecturas (Lobo Antunes, Faulkner, Benet, Trapiello…), la modesta pluma comprada en un rastro que se vuelve una joya, la sensible veta en favor de los animales (y el toro entre ellos), los paseos por el campo y por la playa o los desvelos del boticario. Me quedo, en fin, con la respuesta que el autor da a los curiosos que indagan sobre el contenido de un libro suyo: este diario trata de todo lo que contiene.

Y –ahora que la pesadilla parece desvanecerse y (como todo hipocondríaco) vuelvo otra vez a respirar– os refiero la gran divergencia que prometía comentaros: Diario de cabotaje… reúne las confesiones de un hombre libre. Quiero decir que me puse a pensar en el resto de diarios leídos y en todos había una trabazón, por no decir una importante ligadura con el contexto, con la sociedad, con la posibilidad incluso de una posteridad que juzgue o que ignore… por no decir con la política o –en algún caso muy provechoso para el autor: los diarios llegaron a vender mucho– con lo económico. En este de García Maldonado, no. Es el acontecer de un hombre tranquilo, de alguien que quiere vivir y dejar vivir a pesar de todas las contingencias de su cabotaje. Alguien que aspira, más que a ser contemplado, a contemplar.

Orden en el caos, eso es para el boticario la literatura: la única manera de dar una aparente racionalidad a lo que es un amasijo de tinieblas… (Rafael García Maldonado, Diario de Cabotaje. Una inmensa soledad).

 

Conocí a García Maldonado (también novelista con El trapero del tiempo o Por un perro sin tumba, próximas lecturas) gracias a este particular ‘tratado’, a la manera de Sterne (sí, es eso más que un ensayo convencional), sobre Juan Benet.  Me parece, entre lo escrito, la mejor opción para quien quiera adentrarse sin hermetismos en un autor que (insisten) es impenetrable.