contema ochenta y siete

De alguna manera quiero depararle lo que ya no podrá disfrutar del mismo modo. La ópera, un restaurante en las afueras, una playa imprevista… Lo mimo y mimo colocándolo en cualquier esquinita de mi vida, sea la de un despacho o un acantilado. Yo no quiero el mal para él, sino, en lo posible, su diversión.

 

Sé que no comprenderán mis causas, como yo no puedo entender el mecanismo que lo procesó de tal guisa. Acaso fue la intensidad con que me conduje, acaso las maldades que él acumulaba como racimos de un árbol abandonado, en una huerta que nadie visitaba, y que a mí me tocaba sufrir. Yo no sé.

 

Varias veces quise desprenderme de su figura (de la nueva, quiero decir, porque la nueva admitía desprenderse de ella, casi que lo pedía a voces). Pero me fue imposible, porque a la culpa se venía a añadir, azul con ojeras de sábado, el recuerdo de tanto, de tan sumario. Y con arrepentimiento lo saqué en ocasiones que se cuentan por docenas de cubos de basura, de papeleras, de departamentos de objetos perdidos u olvidados (¿olvidados? Qué gracia…).

 

Lo que más me duele es su ningún reproche, su ninguna duda, su atado de silencios sin más y sin menos, la ropa de su indiferencia. Su para qué. Y todo lo que transcurre secreto, sin la condolencia de sus familiares o sus amigos, sin el arropo de la viudez.

 

Qué día se me ocurrió tal suerte de su perdición, cómo se me vino a la cabeza maldecirlo y convertirlo en esto que es ahora, en este juguete absurdo y exacto de su proclamación, de su jactancia, de todo su desamor, un mono que no deja de hacer sonar, todo el día y la noche entera, sus platillos.

 

 

 

© félix molina, del texto y la fotografía
Nota: se trata del contema veintisiete de la tercera serie.