Cartas desde América, 5 | Raymond Carver

Ahí va la quinta de las cartas americanas, troquelación de realismo sucio y camión de mudanzas.

Pssssss. Yo soy el mudancero de Raymond Carver y sé por eso que se está mudando. Pero no digáis nada. Cincuenta dólares por los muebles y unos trescientos por las montañas de libros. Lee de todo, pero sobre todo rusos. No voy a denunciarlo. Después de todo el hombre anda atrapado en sus historias de gente triste, de final incierto. He leído sus libros. Los lleva en un cajón trunco y he aprovechado que no nos dio un plazo para la mudanza –cómo iba a ser de otra forma– para echarme al bolsillo ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (que es un libro de cuentos, no una reprimenda) o De qué hablamos cuando hablamos de amor (que es otro). A ver: nada del otro mundo (nada que no me pase a mí en mi casa) pero mucha tristeza. Los devuelvo con el ánimo hundido. Más de una vez he soñado en despeñarme con el camión.

Yo he intentado alguna que otra vez hablarlo con él. Con Carver. Pero no encuentro el modo ni el momento, o las dos cosas. Una vez lo vi apostado en la trasera, entre las puertas abiertas y las ruedas, como mirándolas, a ver si estaban pinchadas, mientras se acababa un cigarrillo. Entonces quise colocarle algo sobre Earl o Doreen (ahora que estamos a una manzana de una cafetería parecida) o sobre el médico que no es médico, ese Arnold que coge el teléfono que no es y ya es otro. Pero con qué ánimo explicarle que he hecho de su mudanza una librería de préstamos (yo los devuelvo, tenedlo por seguro, y con puntualidad) o que no estoy de acuerdo con que todo sea desgraciado, o cojo, o ciego en el mundo.

Hablando de ciegos, he visto al que sale en Catedral. Es un hombre del barrio, que yo me cruzo cada dos o tres mudanzas (trabajamos mucho por aquí). Alguna vez lo he visto atravesar la calle. Más viejo, mucho mayor que en el cuento. Y alegre. Inspira además alegría. Y yo que pienso que eso es lo que quería Carver, que supiéramos de esa alegría suya. No sé.

Pero cómo decirle. Hoy ya le presento la factura por mis servicios. Viene apocado como casi siempre, detrás de su cigarrillo, debajo del arco de sus cejas muy negras. Me habla como disculpándose (y yo que lo imagino con el verso nuestro futuro yace en lo más profundo de la tarde en medio de la frente, también me alcanzó a leerme su poesía), parece hasta querer retrasar el pago, como si me hubiera excedido en el tiempo, o hubiera libros rotos –los muebles no parecen importarle–. Es entonces cuando aprovecho, cruzo mis ojos con los suyos, detengo la huida de su mirada. Y le digo de una vez:

–¿Por qué?

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