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Grazia Deledda | n. 27.09.1871

Delenda est Carthago quiere, siempre quiso decir que una ciudad era el objeto de la fijación del Imperio, aquel romano, ya lejos su fumarola bélica, sus columnas dominadoras. El erróneo juego de palabras que yo coloco como título de la entrada quiere afirmar el amor, humilde, llano, único y muy personal de una narradora por la ubicación de su nacimiento. Con ello quiero expresar también que –me parece– el cariño debe ser algo positivo, afirmativo. Y que definirlo a partir del odio, de la exclusión del otro, de la negación del de enfrente o el de al lado es, casi siempre, mezquino.

Grazia Deledda, como el enorme Espriu con Arenys de Mar, como el malogrado Aresti, como la mágica Rosalía, como cualquiera de los Machado, amó a su tierra en cada palabra y en cada silencio. Pero dudo que –como ellos y ella– la usara, en párrafo alguno de los que le he leído, como arma arrojadiza.

Y sin embargo, Cerdeña está ahí: prístina y dura, esencia terrosa que trasciende a través de los poros de cada personaje (ese hermoso trasunto suyo en Cósima), atados a la superstición pero también, y es muchas veces lo hermoso y lo humano (como en aquella ancestral y moderna  Tess d’ Urberville de Hardy), al ansia de liberarse del paisaje que los limita.

 

Nota sardo-italiana-española:
Deledda cuenta con varias publicaciones en versión española. De ellas destaco la Cósima de la siempre elegante editorial Nórdica en traducción de Mª Teresa Navarro.
Sobre las versiones españolas está además este artículo destacable:

Historia de la traducción de Cósima

Esta mujer de su tierra recibió el Nobel de Literatura (que algunas veces ha sido justo) en 1926, y lo recibió con uno de los más humildes discursos:
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