contema sesenta y dos

El primero en llegar luce una estola azul, las manos en los bolsillos. Sorbe el néctar vagamente servido detrás de la barra. Piensa. Quizá sueña. Se mira las manos con pereza. Otro trago y casi olvida, o apenas recuerda, Secreta ambición.

La luz tamiza al compañero que entra, como a un escenario. Bufanda roja, la dureza en los ojos, el inicio de una sonrisa imposible, la ignominia de Sultán y traidor dibujada en todo el semblante. Pide lo mismo. Y se lo sirven, cautos.

El tercero y el cuarto llegan juntos, pero separados. Asidos al tafetán de las propias chaquetas, se esmeran en disimular Turba de inútiles o Difícil, el cielo, pero su afán se deshace al contacto con el preparado de ginebra y martini.

Un quinto hay que casi se arrastra hacia la barra, como ocultado por el cuello de la gabardina añeja, donde parece acopiar todas las palabras de Luz en el túnel. Solo pide, cual náufrago de sí mismo, agua.

Juntos mezclan tramas y personajes, se ilusionan sin convencimiento por la peripecia de los otros, se sumen en silencios mestizos pero incómodos. Comparan cifras de venta. Hablan de sus autores. Se limitan, pero llegan a alzarse sobre las manos que les dan el sustento.

Uno propone un idéntico final –común a todos– para la serie de cinco libros que la editorial postula con vistas al verano. La idea brilla: casi no es una venganza, pero si una firma, certera. Lúcida. Recoge el anonimato esclavo de los cinco pero abre una puerta, quién sabe cuál. Paga uno de ellos. Los otros, como oscuros mosqueteros, guardan silencio.

 

© félix molina, 2018, del texto y la ilustración

 

Nota: se trata del contema dos de la tercera serie.
Anuncios