Calendario fm|al 2018

Miguel de Unamuno, filósofo, escritor | n. 29 de septiembre de 1864

Después de haberlo visto –casi calcografiado bajo sus lentes y su barba– desde muy pequeño en los libros escolares, tras la experiencia que han supuesto las lecturas juveniles y luego ya las relecturas más recientes de sus libros más queridos (La vida de Don Quijote y Sancho, La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir, la nivola Niebla…) cada vez me resulta más inexplicable don Miguel. Ha quedado amasada en cientos de páginas esa contradicción de la que hace un monumento casi cada párrafo suyo, pero se me resiste el marco convencional de estas anotaciones de calendario y prefiero visualizar en siete fragmentos lo que se me figura su vida.

Las bombas

Caen aquí y allá. La geometría del odio no entiende de viviendas ni de cuarteles. La física del asedio solo entiende de expulsión, de vaciamiento. Los cañonazos nos enseñan la nueva geografía de Bilbao. Yo voy sumando: dos más dos, más seis, más doce. Yo voy contando pentámetros. Y las bombas que suman y cuentan conmigo. Ahora se enervan; ahora se apaciguan. Si no me doy cuenta casi que se enredan con el latido del corazón. El de un niño que oye –y ya no quiere escuchar– tras las paredes.

Desagrados

No les saco el color a estos dibujos. Se separan como las hebras de un tabaco áspero, sordo, sin voces tras el humo. De memoria las listas odiadas: los dioses, los reyes, las batallas, los ríos. Y en tanto la aritmética que anuda las cosas, la lógica que las concuerda, la metafísica que las suspende. Bachillerato: la vida desanudándose, curso tras curso, de los otros –los escritos, los memorizados– para atarse al destino, a lo mortal, a la vida.

Metal,  altura

Cada faja de hierro refinado es un peldaño en la luz de París. Las jaulas sucesivas, lanza desafiante, son las costillas de un dios que se ha olvidado de rezar por nosotros y se enfrenta a sí mismo, en las alturas. La forja no nos quiere, no sabe nuestros nombres y solo se levanta, se alza, nubla el sol, las nubes incluso, con su elevación acrisolada, pura hasta la vergüenza de su final pudelado. En esa clave, justo allí arriba donde no se ve ni la mar, ni el desierto, ni la montaña.

Ganivet y la muerte

Su muerte, congelada en el fondo del Dvina, finlandesa después de tanta España, como si el país entero, hecho una bola de hierro, la arrastrase hasta el fondo. Una muerte lejos del alerce vibrante de las palabras, envuelta en el silencio del agua, como si fuera paz lo que se hunde. Todo y nada pesa: yo leo esta muerte en la plaza vieja de Salamanca y mientras la vida se proclama delante del café y de las lentes apartadas por el dolor pienso en cuántos sintagmas hermosos del griego han debido de helarse también cerca de Riga, Ángel, querido Ángel.

Paz de Fuerteventura 

Gozo de este destierro, aprendo la sangre enrojecida de la isla, hecha tierra y orilla. Mi alimento es el mismo infinito que cantó Leopardi, atardecido en una lasca volcánica, en un trozo de España que se permite tener una península dentro, atada a su destino entre el mar. Las playas son una forma sinuosa de la memoria: aquí dentro, fuera de una península que se hunde, soy más que nada prisionero de mi propia paz, erguido como un faro en la guerra del alma contra la muerte. Una pausa. Respiro. La vida es eso: una pausa.

Los muertos

Llegan de todas partes: son como flores en los cajones, que me tiñen con su negritud el día y la noche. Cuando los revuelvo, buscando mis traducciones. Cuando ordeno mis destartalados poemas. Cuando quiero consolarme con mis pájaras de papel, con mis dibujos. No tienen sombra: su sombra soy yo, vivo todavía entre el aire de Salamanca, respiración aún, latido. Busco el escándalo de las bombas de mi infancia, pero aquí no lo encuentro: la dictadura de la paz se ceba en el silencio y solo lejos, muy lejos pero cerca del corazón, apenas quiero oír –pero sí escucho—cómo escupe el fusil el derrumbamiento de Atilano, la caída de Filiberto, el vencimiento de Salvador…

Viva la vida

El episodio es conocido, incluso antes de mi muerte. Creedme: solo recuerdo el roce de las guerreras entre las maderas del paraninfo. Las botas vilipendiando la tarima. Las gorras y los gorros flirteando con los viejos pupitres y los estrados. Todo transcurre ciego, lento. Oscuro, inevitable. Se me apaga el recuerdo como quien va girando la espita del candil. Pero no: ahí sigue, delante de este balcón último y frío de diciembre. Se calla, guarda silencio al fin, el soldado, el cíclope del gorro cuartelero. Y yo que quiero improvisar unas palabras, pero ahora, en este momento exacto de mi muerte, solo me recuerdo solo. Y diciendo: viva la vida.

 

Espero que os ofrezca una leve idea. Si no, basta con abrir cualquier libro suyo y leer una página. Él concita esa particularidad: está en todas.

 

Notas y más notas:
La fotografía de Las bombas es de Charles Monney, fotógrafo de la época. El dibujo de Desagrados es del propio Unamuno. La ilustración de Metal, altura representa la Exposición Universal que visitó el joven Miguel de Unamuno, presidida por la famosa torre. El cuadro Suicidio de Ángel Ganivet es de Eduardo Arroyo. El fotograma es de la película La isla del viento. Las instrucciones lo son para formar la pajarita Gaviota de Unamuno. La foto final reproduce un momento del famoso episodio que recrea la prosa. Se puede saber más del contexto de cada fragmento si se indaga pulsando sobre el título azul de cada uno.

 

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