El desván de fm|al

‘Final con bañera’ | La carne de burro no es transparente, 2007

Ustedes desconocen la historia. Para ustedes es fácil juzgar, desde sus sueldos seguros y sus domingos de mañanas con bizcochos. Desde su amor asegurado y santificado y su odio necesario. Para mí es distinto. Si agarré la cartera de vendedor de enciclopedias –de enciclopedias pésimas, de enciclopedias falaces– fue solo porque nadie en ese momento me dijo que no lo hiciera. De este modo mi presente precario no puede ser sino la consecuencia de una soledad consolidada, más bien hermosota, que decide por mí y casi siempre decide muy mal.


Pero al menos no me dieron en la editorial una mala zona. Ustedes –los ustedes de allí, los ustedes que estarán leyendo allí esta confesión en cualquier periódico de barrio– son ricos cuando se llega a la confluencia entre esas dos calles con nombres olvidados de poetas. Son ricos y pueden comprar esas enciclopedias mendaces, o incluso una docena de elefantes pegados por la cola y tallados en marfil, o incluso una reserva de whisky escocés empaquetado en su cajita rústica. En fin, esas cosas que los demás, que nosotros leemos en las revistas mientras bostezamos un poco, apalancados en una línea del metro que nos lleva a casas ignotas y a gentes como ustedes, que pueden comprarlo casi todo.


Eso está bien, al menos mientras dure el negocio –que durará, porque siempre ha durado, porque siempre han existido compras caprichosas y beneficios milagrosos–. También está muy bien que sus casas sean amplias, extraordinariamente amplias. A veces nos reciben ustedes en zapatillas o en un honesto camisón, recién llegados de alguna habitación que imaginamos vacía y perfumada. A lo peor también la soledad, otra especie de la soledad, les obliga a dejar esas habitaciones altas y decide por ustedes abrirnos sus puertas. Entonces puede suceder que les distraiga algún ruidillo en la zona alta, el perro que ha enredado algo en la pata de una mesa o el gato que quiso acceder al conocimiento supremo de una buhardilla. Si es así, lo único que media entre sus bañeras y mi deseo es el lujo de su confianza, un lujo que, como tantos otros, pueden permitirse.


Y por qué no habría de permitirme yo el lujo de sus bañeras. Las conozco todas –las de sus dos manzanas opulentas–, todas las he visitado mientras desenredaban lo que fuese de las patas de la mesa y del perro y encerraban al gato donde menos estorbase. A veces no es necesario mucho más de cinco minutos para conocer sus bañeras: las que se envanecen en la espuma; las torturadas por el yodo o la brea, selladas para siempre a los sanos por mor de una enigmática enfermedad de la piel; las excelsas, rebosantes de sales misteriosas en ebullición.


Lo sucedido este miércoles –eso que ustedes pueden leer hoy jueves en cualquier periódico de provincias gracias a mi generosidad– no quiere ser una prolongación arbitraria de este primario catálogo. Que una hermosa mujer, que uno de ustedes, nos abra totalmente desnuda la puerta ya supone una ruptura demasiado definitiva de nuestra opaca realidad de vendedores como para continuar con el tono reivindicativo de esta historia. Se trata de un acontecimiento que lo desarma a uno, que lo hace esclavo de una curiosidad infinita. Si esa mujer, además, le ofrece a uno su mejor vodka con naranja natural, mientras la única Sinfonía de Arriaga se deja oir por una habitación recóndita y sus piernas aparecen frente a ti surcadas por delicados hilillos de espuma, entonces es cuando uno espera un instante, se desembaraza finalmente de la maleta llena de estúpidas ofertas editoriales y saca su paquete de cigarrillos con el mejor ánimo.


En ese ambiente, propicio a la confesión y a la confianza, donde se empieza hablando del Tintoretto y se termina glosando el jamón con endivias, no debe de ser menos natural que uno ofrezca lo mejor de sí, aun disfrazado con el tono menor de la sutileza o la debilidad. Que uno termine declarando, en la efusión del alcohol, entre risas, a la señora desnuda su intención meridiana de visitar su bañera, una entre tantas pero, al fin y al cabo, una distinta. Y, claro, dados estos antecedentes una negativa, inexplicable, resulta aún más dura, por mucho que se la endulce con coletillas como quizá en otro momento u otro miércoles: tendrá que probar mis tortitas de queso.


Por fortuna siempre están los gatos. Los gatos o los perros –o quién sabe, acaso los niños–, cualquiera de las bestezuelas que inquietan un rincón castigado de la casa. Y para entonces el vuelvo en unos minutos parece más que una disculpa el salvoconducto para nuestra desmesurada curiosidad. Queda ubicar el cuarto de baño, la sede de la bañera, porque el vodka suele jugar sucio en estos momentos determinantes, pero al final la intuición del vendedor y la repetición casi exacta de las desatinadas ideas de un mismo arquitecto en toda la manzana resuelven la papeleta.


Encontramos una bañera cuya austeridad ocupa por completo el centro de una habitación espaciosa, nítida como el movimiento de Mozart que ahora parece sonar en la habitación recóndita, de una espantosa claridad, como si la iluminase un sol exclusivo que aturde incluso al más avezado visitador de bañeras. Si dejamos que los ojos confusos, casi ciegos, se paseen por el fondo de la pieza, vamos adivinando la ropas esparcidas de la mujer que nos abrió, un búcaro de porcelana rococó con limones o membrillos encima de un taburete bajo y un cuchillo. Después, el reguero previsible de la sangre, la exactitud de un muerto con turbante y costras en la piel, la sospecha facultativa de una tintura de yodo disuelta en el agua, el remedo atroz de un cuadro de David –ustedes lo habrán visto también reproducido en su diario, junto a estos pormenores– con una muerte verdadera y una Carlota Corday, desnuda y cotidiana, que prepara como nadie las tortitas de queso.

© félix molina, del texto (2007), La carne de burro no es transparente, sección ‘Las fauces del crimen’.