Poemas | F. Hölderlin / Luis Cernuda

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En el año en que se cumplen los 50 de su muerte, yo vengo aquí a reclamar no la realidad del poeta Luis Cernuda (1902-1963), la voz íntima y personal que se elevó con el tiempo por encima de todas las de la Generación del 27, como precursora genuina de una poesía que no invoca sino susurra, no proclama sino acompaña, no canta, sino musita; que se hace una con nuestros pensamientos y nuestras sensaciones para volver cuando menos lo esperamos –puede ser en un autobús, después de que una luz se apague, en un retazo de sombra o de gozo de nuestras vidas. Yo vengo a referirme a su labor –a su vocación, más bien– de traductor, a esa tarea minuciosa a la que sospecho que le llevó esa otra faceta que me encandila del poeta: la delicadeza de su gusto como lector, su apasionada búsqueda de amante de la literatura.

Muchos habrán dicho ya que por los ojos de Cernuda hemos leído muchos lectores de poesía de las generaciones que han sucedido a la suya. En su Pensamiento poético en la lírica inglesa del siglo XIX el poeta nos habla sobre todo, por encima de teorías literarias, de sus apetencias como lector. Y lo hace con muestra de quien ama las voces que ha leído, de quien supo que lo que se acompañaba con esa poesía era ya la voz tranquila del hombre que pasea o que sufre, acabada la batalla y su gloria. Shelley, Coleridge y, sobre todo, Wordsworth o Keats (interesantes los comentarios del poeta Rivero Taravillo en un cernudiano paseo suyo) son modelos de ese poeta y ese hombre que el propio Cernuda también ejemplificó en vida y que la poesía española acaso sólo había conocido en leves ráfagas como las de su paisano Bécquer. Poesía –me decía siempre un profesor– hecha para ser leída más que recitada, porque la recitación tiende a ser casi sustituida con él por esa como respiración en el oasis de la poesía que el lector moderno roba a cualquier nódulo de su azarosa y trabajada jornada.

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Una extensión especialmente bella de su apreciación estética la vertió Cernuda en sus traducciones. Yo he conocido su elegante traducción de la poco canónica Troilo y Cressida (cabe preguntarse, como José Ignacio Gracia Noriega , qué le lleva especialmente a traducir esta obra shakespeariana). Pero donde Cernuda vuelca más de su intimismo poético y de su verso de morosa caricia es en la poesía del sutil y atormentado Hölderlin (1770-1843): Silencioso lugar verdeante de hierba joven traduce por el primer verso de “El cementerio”; Olvida el hombre las penas del espíritu, en “La primavera”; y el comienzo de su versión de “Fantasía del atardecer” bien podría encontrarse también en algún poema de La realidad y el deseo, si tornamos el prado por una calle de niebla: Ante su choza en sombra tranquilo está sentado / el labrador , mientras arde la lumbre de hombre parco. / Hospitalariamente resuena al caminante / crepuscular campana por la aldea apacible.

Hablan los críticos y ensayistas literarios de la necesidad que sintió en su momento Cernuda de activar en nuestra literatura todo cuanto hallaba en falta en ella, como por ejemplo esa vuelta al pensamiento y estética de la Grecia antigua que destilaba la urna de Keats y que cuenta con pobres ejemplos en la poesía neoclásica española, inmencionables en todo caso, para no zaherir.

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Con Hölderlin, el poeta abandonado a su locura en la mítica Torre de Tübingen, acaso pudo sentirse más libre Cernuda para acomodar su cadencia que con otros poetas del ámbito anglosajón, incluso más queridos o cercanos que el alemán (uno puede comprobar fácilmente la enorme dificultad de la traducción de Keats cotejando las distintas versiones españolas, actuales e históricas, de sus Odas). Con todo, si lo que quería era hallar esa glorificación sensible y sentida del pasado más puro del hombre, Hölderlin era cauce más que adecuado, y así lo expresa el propio poeta español en su valioso –por  transmitirnos su entraña de poeta y lector– prólogo a estas traducciones: Algunos hombres, en diferentes siglos, parecen guardar una pálida nostalgia por la desaparición de aquellos dioses, blancos seres inmateriales impulsados por deseos no ajenos a la tierra pero dotados de vida inmortal.

Se hallaron. Cernuda halló en Hölderlin una fuente como esa de las que manan, en sus nacimientos, los ríos y, en medio de los peñascos y las trabas del lenguaje, supo aposentar el hilo de agua fresca donde hallaron residencia sus versos de amigable penumbra.

Y Hölderlin, el loco seductor, atado a su ideal de pureza natural, pervivió más allá de su torre, en la lengua española y cernudiana en la cual hoy –gracias a la Editorial Séneca de México y a la encomiable Editorial Renacimiento de Sevilla, ya en 2002– podemos disfrutarlo.

Dice un hermoso y verdadero verso de Hölderlin que lo que amamos no es más que una sombra (Was wir lieben ist ein Schatten nur). Estoy por decir que Cernuda, con este librito de sus versiones, se hizo una sombra amada por Hölderlin, y que esa sombra, gracias al dios de las palabras, se sigue proyectando sobre todos nosotros, hombres y mujeres de autobús, horario o plazo, por siempre invocando, o simplemente musitando, ese remanso de paz, alguna paz, que seguimos buscando –acabada la lectura, entornada la luz– bajo nuestras mismísimas almohadas, vecinos o enemigos del sueño.

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