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Ulysses | James Joyce, editado por Sylvia Beach en París, Francia, Europa (1922)

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¿Literatura en tiempo de crisis? ¿No es la propia literatura un síntoma, una emocionante glosa sobre el cambio, la transfiguración, el devenir que es toda crisis?

En 1922, James Joyce, después de un intenso peregrinaje vital y literario, arrancó de este ajetreado tapiz retazos de la exacerbada conciencia jesuítica, de la agitación del hombre moderno moviéndose en el día de una ciudad y todo un aleph de tradiciones literarias –a veces casi chismorreos – y consiguió con todo ello que una editora de Baltimore, Sylvia Beach, fuera la playa donde iban no a morir, sino a renacer las olas de la novela contemporánea: era el Ulysses.

Su pericia es la de un escritor que –ante todo– escucha y va engarzando sobre el anillo gastado de la literatura nuevos dijes que son también nuevas voces que el hombre y la mujer de hoy necesitaban modular: un comercial errante, haciendo de cada triste (o alegre, según se mire) hora  de su vida una epopeya; un estudiante al que la palabra y la conciencia tienen preso; una penélope disfrazada de cantante vulgar, pero viva. Sobre este fresco, Joyce suelta brochazos de todo calibre: el monólogo interior que felizmente le pide prestado a Édouard Dujardin, ensoñaciones líricas de un joven poeta, restos del viejo catecismo, metamorfosis de cabaret, viejas carcasas de los ecos periodísticos de sociedad… Es este acarreo, literario y de ideas, lo que viene a conformar el alma crítica, la que se forja entre la duda, la inquietud sobre lo que nos ha llegado –lo que hemos recibido– y todo aquello que vamos a generar. La novela de Joyce ya es canónica, y tuvo su continuación en muchas capitales lingüísticas de la literatura –Alfred Döblin la asumió en alemán con su Berlin Alexanderplatz (1928); Luis Martín-Santos la aventó en español en su Tiempo de silencio (1961).

DSC_0824 Pero nos queda de todo ello el sentido de su búsqueda, la necesidad de expresarnos a pesar de lo que titubea, de lo que no acaba de despertar, de lo urgente y precario. Desde entonces la literatura no se interpreta exclusivamente como un museo, un ente cultural estático, sino como un fenómeno, mutante y devorador, una especie de ave fénix en el que nos extinguimos pero nunca acabamos de renacer. Han llegado cibertiempos, horas que se transmiten en un segundo de conexión, y también años de escasez (monetaria y tal vez ideológica), pero el caldo primigenio, la sopa original sobre la que verter los pocos o muchos fideos de nuestro ahora rabioso ya estaba servida. Por encima de la indolencia o el desperezo, de la estrella mortal que nos guie a la nada, se elevan experiencias como las propiciadas por un pujante mundo editorial, el de la literatura amazon, el de las novelas-chat, el de la prosa tejida al compás de los correos electrónicos y volcada en una historia.

Seguirán nombres que ya han hecho un estilo de esto, y emergen como maestros, al menos en una forma de entender el trasiego que es toda la literatura desde la posmodernidad: el físico y pospoeta Agustín Fernández Mallo , propiciador de la Generación Nocilla, montada sobre la hiperfragmentaria novela Nocilla dream (2006), primera de una serie de publicaciones que da nombre a este movimiento y hace precisamente del acarreo un principio narrativo vital, no ajeno, por ejemplo, al universo siempre sorpresivo de un cuentista como Eloy Tizón y su Velocidad de los jardines (1992); o, en una línea más social, más inmersa en problemáticas y urgencias del hoy y el aquí, el sevillano Isaac Rosa , que no desdeña ni mucho menos la osadía formal posmoderna pero lleva su expresión a un cauce donde parece implicarse más aceradamente en el mundo que comparece en sus novelas –y que debe de ser el nuestro, como en La habitación oscura (2013).

Reducir el concepto de crisis a la pobreza, a cualquiera de las formas de la miseria, no puede sino hacernos más míseros.  Nos queda, como se dijo, la palabra, y, por encima de cualquier merma, como siempre desde que la humanidad se puso en pie sobre este planeta, la posibilidad del logos, de figurar el caos que nos habita sin ceder a la desesperanza –última y ya sí definitiva– del silencio total.

Nota amorcillada (algo repetitiva, como la Historia y la morcilla de pueblo, según el poeta Ángel González): Esta entrada se reprodujo como artículo en el número 2 de la revista “Umbrales”, en página ilustrada a partir de diseños de mi hijo Humberto:

Revista Umbrales nº2 21

Joyce también puede ser revisitado en la página que le dedicamos en el Calendario fm | al 2014.
Existe también una versión fílmica del Ulysses, de 1967:
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