Calendario fm | al 2015 

24 de agosto | Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, 1899 – 1986

agosto2015

Para Ofelia, mi infinito

adroguseguyavellanedaov Casona de Adrogué

 

I

El jardín desembocaba en el laberinto, y luego en el espejo. Del jardín yo sabía –rodeado del Capitán Burton y su fantasía oriental, del vuelo en las alfombras y la muerte persiguiendo al maldito por las callejas blancas y quebradas– por el espejo. El laberinto podía ser todo lo demás: la biblioteca, el libro con sus letras que trasegaban el infinito, la luz siempre agonizante en el patio, mis pasos de niño, tamizados por el sueño, desde la salita de la quinta de Adrogué a los otros jardines, a cada espejo de cada una de las otras quintas, a cada biblioteca de cada otra sala reflejada en cada espejo, a cada libro de otras bibliotecas y a los ojos donde cada una de las palabras de los otros libros se espejaban.

II

Hay unos ojos que retratan la venganza de una mujer en una fábrica, engullida por la ira y atrapada por los brazos terrestres del incesante mar, para que el honor triunfe; hay una mirada que dilata, en el muro interminable y astillado de cristales de un conventillo, la caída de un hombre, nacido entonces para el recuerdo sin fin, para el detalle constelado de cada recuerdo, para la memoria de cada partícula; unas pupilas guardan la sombra helada en el patio de un prisionero al que le es concedida la eternidad de un disparo para acabar su obra; otra mirada sirve al hombre que se piensa un dios y luego solo resulta un sueño, vencedor del fuego pero derrotado por la nada, ruina circular  de sí mismo. Al fondo, arriba, unos ojos inquietan el negro azabache que es remedo del cielo y, tras una trampa que se abre, aparece agazapado ante la luz inasible de un orbe el perfil de un hombre tímido que alcanza a verlo todo. Todo .

III

El anciano, levemente encaramado en un peldaño, inspeccionaba cada anaquel de la biblioteca. Fuera la Grand-Rue de Ginebra emanaba sosiego, con la vaharada amarilla de sus cristales y el gris marrón del empedrado, lentamente detenido, como amortiguado por la pupila que enceguece.

– No encuentro la traducción de Burton. La hacía en este hueco.

La mujer, de pasos lentos pero seguros, como la ceguera, se elevó sobre el mismo escalón y señaló un tomo, fatigado pero de filigranas doradas, que brilló al fondo, como dotado de la vida de un astro, domesticado, familiar. El anciano extendió un brazo para asirlo, casi en la seguridad del poder de su relectura, paladeando ya las sabidas palabras en lo hondo de su mente –Verily the works and words of those gone before us have become instances and examples of men of our modern day

Pero en vez del relieve del tomo encontró filigranas labradas, de madera, enmarcando la superficie destellante de un espejo. Silencioso, se aseguró el estar solo, como su tímido personaje ante la mágica esfera, olvidó sus deseos de revisitar las viejas palabras y dedicó lo escaso de su vista al destello inesperado. Allí seguían, al fondo del espejo, como en un paisaje retratado: el jardín, el laberinto, otro espejo.

 

Nota especular:
Os recomiendo una lectura con esta ventana –o espejo– abierta, dejándose escuchar:

 

 

Hay un espejo institucional de Borges, bastante completo, colocado por el gobierno argentino en este sitio:
Jorge Luis Borges, vida y obra

 

6a00d8341bfb1653ef017c335d7595970b-500wiLas ediciones de los relatos, ensayo y poesía de Borges, son infinitas, como sus visiones y prefiguraciones de lo ilimitado, pero siempre tuve predilección por una de El Aleph de Círculo de Lectores, que convoca a Carlos Fuentes en el creativo prólogo e incluye las bellísimas e inquietantes ilustraciones de José Hernández.
Anuncios